jueves, 1 de marzo de 2012

Fragmento 8: Flores para mi tumba

Un año y medio antes.
Se mira a los ojos, intentando infundirse valor a sí misma con la mirada. Pero no, no funciona. Es más, se siente incluso más insegura que antes. No le gustan sus pecas, no le gustan sus ojos… Bueno, sus ojos sí le gustan. Son enormes, marrones, y con forma felina. Pero todas esas cualidades están tapadas por las horrendas gafas de Carolina Herrera.
Se las quita y se acerca más al espejo. Bastante más, porque a penas ve nada. Está completamente cegata. ¡Qué rabia! Las pecas no tienen remedio, pero lo de las gafas sí… Aunque su madre dice que es conveniente que esperen a que vaya a la Universidad para ponerse lentillas, que todavía es demasiado joven para llevarlas. Se encoge de  hombros. Puede que tenga razón.
Y ese pelo… A sus amigas les encanta. Julia incluso dice que lo envidia. Pero ella no. Ni es rubio ni es pelirrojo. Es de color intermedio. ¿No se podría decidir? O lo uno o lo otro, ¡pero no ese color! Ni siquiera han inventado un nombre para definir tan extraña mezcla. En fin, qué pena.
Se mira una vez más, ahora con las gafas puestas. “¡Ánimo!” se dice a sí misma, y sale de su cuarto.

Baja veloz las escaleras y entra en la cocina. La mesa ya está preparada y la cena servida.
- ¿Tienes hambre cariño? - Le pregunta la madre.
- Un poco…
- ¿Has estudiado mucho? - Le pregunta el padre.
- Más bien he repasado. Ya me lo se todo.
- Nunca está de más revisar toda la materia, sólo por si acaso… - Comenta la madre sentándose por fin a la mesa, donde todos la están esperando.
La bendice, recitando la oración de todos los días. “Amén”, dicen todos a la vez. Es el pistoletazo de salida, ya pueden probar el estofado.
- Pues cuando yo vaya al colegio sacaré mejor nota que sobresaliente. - Les informa Elisa con la boca llena, y todos ríen.
- Claro que si princesa. - Le responde Sandra.
La cena continúa sin incidentes, sin una palabra más alta que la otra, sin ningún comentario fuera de lugar. Definitivamente son una familia modelo.
- Sandra, estás muy callada. – Dice la madre pasándole la fuente de fruta. - ¿Te encuentras bien?
- Sí mamá. – Había decidido sacar el tema después de la cena, pero quizá ahora sea el momento. – Verás, he estado pensando en la fiesta de Clara, y como llevo tan bien los exámenes, creo que estaría bien que me dejaras ir…
María parpadea. No da crédito a lo que oye. Sus decisiones jamás son comentadas, ni mucho menos rebatidas.
- Cielo, tienes que estudiar. – Su voz es suave, aunque se trata de un punto y final enmascarado. En su tono se aprecia que no quiere que se hable más del tema. Pero para el asombro de todos los que están sentados a la mesa, Sandra vuelve a la carga, manteniendo siempre su tono cordial.
- Pero si ya me lo se mamá. Y me vendría bien distraerme…
Mira a su padre, esperando recibir su apoyo. Pero no, esta vez no lo tiene. Ernesto teme que, si la deja ir, haya consecuencias negativas en las notas de su hija, y peor aún, en su relación con su esposa.
- Precisamente eso es lo que no tienes que hacer. – Responde María mientras le pela una manzana a Elisa.
- ¿El qué?
- Distraerte.
- ¡Pero si todas mis amigas van! – Se queja Sandra, que empieza a pensar que es una batalla perdida.
- Y si todas tus amigas se tiran por un barranco, ¿tú también lo vas a hacer?
- No exageres mamá.
María se gira para mirar fijamente a su hija, con mayor intensidad que nunca. En vez de pensar que jamás se subleva y que puede ser porque en esta ocasión la niña arda en deseos de ir a la fiesta, lo que hace es negarse en redondo. Sandra nunca la contradice, y si por primera vez se ha relevado, lo mejor es cortar por lo sano y cuanto antes.
- He dicho que no. Y punto.
La hija mayor guarda silencio y baja la vista hacia el mantel. El tema está zanjado y la batalla perdida. Y ya se sabe que la única manera de ganar una batalla perdida es con trampas. Y ella, por primera vez, esta dispuesta a hacerlas.

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